Seguinos:

Últimas Notas

Mostrando las entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de septiembre de 2018

LITERATURA: ABRAZAR LA DISTANCIA


En esta oportunidad, los invitamos a leer un texto del sitio www.huecosdemagia.com, escrito por Nadia Benitezperiodista y licenciada en Comunicación Social. Un escrito que nos ayuda a reflexionar acerca de las desigualdades sociales y cuál es nuestro rol como sociedad, frente a las injusticias. 
Esta tarde se respira un aire diferente. Son evidentes los síntomas de una primavera prematura. No hay vestigios de bufandas, ni chalinas; las modernas ruanas quedaron colgadas en el perchero de casa y, ni por asomo, desfila algún transeúnte encapuchado. Pienso, mientras dejo atrás la estación Las Heras, que esta debe ser nuestra época favorita del año. Los colores vivos reemplazan a los opacos grises que caracterizan al frío, las flores renacen de sus cenizas, los pájaros no dejan de parlotear y la gente vuelve a colmar las plazas.
Avanzo por Larrea. El murmullo es persistente. Predominan las risas y los gritos entusiastas de los niños que no dejan de correr del tobogán a la hamaca.
–  ¡Mamá, mirame!
–  ¡Papá, ayudame!
–  ¡Mamá empujame bien fuerte que quiero volar!
Me despojo de los auriculares y renuncio a ese tema del Indio Solari que venía escuchando. Me quiero dejar atrapar por la escenografía que se extiende bajo un sol cálido. Algún recuerdo me agarra desprevenida. Evoco una década pasada, cuando el barrio era nuestro lugar en el mundo y los vecinos alguien más de la familia. Al segundo siguiente, vuelvo al presente. Me percato que a mi izquierda, un dálmata adulto me observa sentado sobre sus piernas traseras. Me acerco para acariciarlo, pero mis intentos son en vano porque un caniche negrito corre desde el cantero más próximo dispuesto a desafiarlo. Me despido agitando una mano de los dos nuevos amigos al tiempo que aparece un bóxer luciendo muy orgulloso su correa azul francia.
Un poco más animada, retomo la música que me venía interpelando allá abajo, en el subterráneo, donde paralelamente se sucede una vida a ojos de nadie. Me resta una cuadra para llegar a mi destino. Los edificios reaparecen para limitar mi perspectiva del cielo. Y en la esquina de Peña y Larrea una postal que, hoy admito, me había acostumbrado a ignorar. En ocasiones lo hacemos por inercia, no porque realmente no nos importe. Pero, a diferencia de tantas otras veces que agaché la mirada y seguí, esa imagen me volvió importar.
Un colchón sobre el asfalto, mamá, papá y dos nenas que no superaban los tres años, descuidadas, jugando con un autito descolorido y roto, y descalzas. De repente, ese calorcito casi veraniego que me recorría la nuca languideció en brisa fresca. En realidad, yo lo sentí como un baldazo de agua helada. Con qué rapidez se puede escurrir la alegría. Entonces, levanté la vista, nos miramos a los ojos y me dieron unas ganas de gritar bien fuerte como los nenes de la plaza. Sacar afuera tanta rabia, tanta injusticia visibilizada. Recorrí esos 100 metros que me quedaban puteando y preguntándome por qué.
En mi cabeza se inició una de las típicas conversaciones conmigo misma que no llegan a ninguna conclusión pero que necesito debatir en el instante que se desatan. Ahora. Ya. Esa brecha que desde tiempos inmemoriales intentamos acortar parece que cada día se dilata más. ¿Cómo hacemos para dormir tranquilos por las noches cuando sabemos que hay un pibe en la calle? ¿Cómo tenemos la insolencia de quejarnos del frío cuando salimos por un ratito al exterior a hacer algún trámite o mandado cuando hay gente que no tiene más opciones que bancarse la que toque?
Escuché hasta el hartazgo que nuestros granitos de arena hacen la diferencia. Pero, ¿qué pasa cuando ya no es suficiente? ¿Colaboramos para hacer más amena la vida de los necesitados o para que nuestra conciencia se sienta un poco mejor? ¿Comprendemos la magnitud de la desigualdad o nos indignamos simplemente porque es gratis? El saber popular reza que la pobreza es un mal necesario, entonces, ¿nos dedicamos a naturalizarla? Crecí pensando que nuestros representantes asumían el mando para solucionar las falencias de su pueblo, que vivíamos bajo un sistema democrático para poder elegir a los más idóneos en esta tarea. Suponía que se iban a desvivir para que sus habitantes gozaran dignamente de todos sus derechos y ejercieran sus obligaciones.
Y resulta que advierto la desidia total en uno de los barrios más ostentosos de la Capital Federal. El contraste se vuelve ensordecedor. Esa estructura que rige a los argentinos se cae a pedazos por donde la mires. Las distintas organizaciones que imperan en el mundo fallaron cuando un ser humano no es capaz de sentir empatía por la persona que tiene al lado: sucia, anémica, descalza. Yo quería arrancarme el calzado que llevaba puesto; arropar a esas nenas aunque la temperatura insinuara lo contrario. Todavía me pesa mi decisión de desviar la mirada y seguir caminando ajena a esa familia que me suplicó en silencio.
Busqué a tientas la forma de dar rienda suelta a la cólera que se trepaba por mis entrañas.
Intenté negociar con ese maldito vicio que nos inmuniza la sensibilidad.
Deseé abrazar la distancia y volvernos uno; encender un fuego que arda intensamente en nuestro interior, que incendie todos los prejuicios,  que queme sin condescendencia las miserias, que ilumine el porvenir, que nos fusione en la perpetuidad.
Apelé a la ilusión de no perder la capacidad de conmovernos, de volvernos cada día un poco más humanos…
*
La puerta del ascensor se cerró y mis caprichos utópicos se quedaron varados allí, en el limbo de mi mente, con el cuerpo en aquel cubículo que ascendía al piso quinto y con el alma fragmentada por las calles de la gran ciudad.

miércoles, 15 de febrero de 2017

LITERATURA: El olvido de si por Emiliano Pardavila



Nadie nunca se había sentido tan sola, tan olvidada, tan arrojada a un vacío sin fin. Tenía la sensación de haber sido extirpada de la  memoria del mundo, sus brazos temían no volver a cobijar a nadie y eso le dolía.
No sabía como explicar que había sucedido en el mundo, qué mal le había hecho a esta gente que sin más la había desterrado. En su interior se preguntaba ¿Por qué? ¿Por qué a mi y no a cualquier otra cosa? ¿Por qué tuve que ser yo la condenada a tan cruel destino? Sus lágrimas caían sin cesar sobre la tierra, ya nadie se le acercaba. Aunque, pese a todo, muchos la nombraban, tenia la certeza que aquello solo eran soplos de voz y nada más.
Por un tiempo, mucho más que un tiempo, fue una gran fuente de deseo, no simplemente por su belleza, que de hecho la conservaba, sino por su poder y valentía. Porque las esperanzas que emanaba encantaba a hombres y mujeres, todos la querían por igual. Y en cuanto se enamoraban de ella, sus vidas cobraban un sentido extraordinario, la felicidad les hinchaba  el pecho, el orgullo enrojecía su sangre y su encanto resplandecía en todas las miradas. Sin más ni más los hacía felices.
Fue musa de genios varios, hombres y mujeres que con tesón la abrazaban y la hacían suya de a trocitos. Vivían y morían por esos trocitos.
Pero, de un día para el otro, ella desapareció de sus mentes, éstas se ensombrecieron, perdieron el talento, la inspiración y se volvieron mustias, tímidas, tristes, una mierda de principio a fin.
Y eso la destruía, se sentía culpable, buscaba en su interior una y otra vez la causa primera y última de su desdicha. Y se mortificaba, hasta ponerse a tiro de la muerte. Pese a los siglos que cargaba sobre su espalda, era joven, gozaría  hasta el fin de los días, de una juventud plena y vital. Pero eso estaba cambiando, se arrugaba, se destruía a si misma y a su destino. La culpa era una carga para la cual no estaba hecha, y ahora era su única carga.
Algunas veces se levantaba de ánimo, intentaba con un gran esfuerzo volver a ser quien había sido, pero todo era en vano, algo se le escapaba y no lograba entender qué, ni por qué.
Así fue pasando el tiempo y cada vez se sentía más sola, por lo que se le fue contagiando el desapego que los otros tenían para con ella y el simple marchitarse que eso conllevaba. Por lo tanto trató de reinventarse y ver como sentía no desearse, para refugiarse en lo que el mundo se refugiaba.
El nuevo refugio del mundo era estático, parapléjico, la quietud por los siglos de los siglos de todo, la ausencia de deseo de vida, un crimen de lesa humanidad,”seguridad” lo llamaban los analistas, e incluso las personas comunes. Es decir, la ausencia de riesgo, algo que efectivamente es contra natura.
Allí creyó sentirse mejor, hasta casi logro volver a reír, pero era una risa estéril, superficial, provocada por la simple contracción  involuntaria de los músculos, era una mueca, que por momentos aterraba.
Atravesaba uno a uno los cuerpos de hombres y mujeres, como un fantasma, y solo lograba ver agujeros sin fin. No había nada tras las pieles, solo espacios huecos, que ya no podían contener nada, especie de coladores de carne y hueso, donde todo se escurría sin ningún encanto particular.
Ella ya no tenía esperanzas. La esperanza incluso empezaba a recorrer idéntico camino, perdiéndose a si misma. Ambas solían viajar juntas, y ahora nuevamente lo hacían pero, ¿hacia qué?, ¿hacia  donde? No parecía haber nada bueno en el horizonte.
Sus poderes eran enormes, pero por naturaleza propia, ni una ni otra podían imponerse, no funcionaba así. Debían ser queridas, anheladas por las almas, para dejar ser a su potencial, a sus encantos. Pero ya ni entre ellas se pensaban, y la debilidad las iba arrastrando, a espectros sin sentido.
El mundo social se festejaba a si mismo, en un coma profundo, en una pasividad total. Festejaban, inconscientes, la muerte de ellas, sentían felicidad de haberlas perdido y de cubrir su ausencia con Dios, la patria y la seguridad.
Hombres y mujeres grises se empujaban al suicidio y las empujaban al suicidio a ellas, que sin comerla ni beberla, se esfumaban en la costumbre, en una angustia sin llanto, en un no ser eterno.
Si al menos uno o una las deseara realmente, las convirtiera en su camino, quizás entonces la humanidad perdiera su animalidad civilizatoria, para dejarse arrastrar, narcotizada, por el anhelo…
Pero ¿quién en medio del derrumbe tendrá el coraje de abandonar el refugio? Pero ¿quienes tendrán la sabiduría de no salvarse, en los tiempos de salvarse a cualquier costo? ¿Quienes rescataran el recuerdo de entre la amnesia colectiva? No parece haber ni uno ni varios, el hierro se ha hecho de todo y de todos, hasta ha podido rodear el verde, limitarlo, condenarlo al mito, a la leyenda.
Mientras ellas, la libertad y la esperanza, vagabundean, de hombre en mujer, de mujer en hombre, sin sorpresas, sin ser ellas mismas, hasta incluso llegan a ser presas del hierro en algunas mentes, encerradas y crucificadas ante el altar de la seguridad, de dios, y del no me acuerdo.
Van como parias en un mundo que quisieron evitar, en un mundo que ya no es mundo, en un mundo que huele a cárcel mortal, a la trampa despiadada de la dominación y la quietud, en un mundo al que la propia humanidad se ha condenado en su propio olvido, que no es ni más ni menos que el olvido de ellas.
Todo parece estar echado. El destino inevitable levanta sus barreras, sus largas y pesadas murallas, para evitar que se filtren, para dejarles el vacío como único reino, reino singular y esclerótico, reino sin vida, reino para quienes odian a los reinos y a los reyes, al poder y a los poderosos, a las hogueras y a las cruces, a los ejércitos y a las naciones, a las fronteras y a las banderas. Para que a si mismas se olviden y se arrastren solo como soplos de voz ante la nueva señora del mundo de los esclavos: la seguridad. 
Pero nunca se sabe, quizás después de este tiempo venga otro tiempo, en que la espera desespere hasta a los más tibios, en el cual los vivos se cansen de ser muertos, y nuevamente las anhelen, las vivan, las gocen, se vivan y se gocen. Y entonces el recuerdo rompa las cadenas y condene a los carceleros a abrir las celdas que tanto gusto les dio cerrar, a los ganadores a perder, a los ricos a no tener y a todos a festejar el riesgo que implica vivir.


martes, 14 de febrero de 2017

LITERATURA: Culpa por Zench



Hoy vi que no sonreía,
cuando me miré en el espejo,
¿por qué era así mi reflejo?
En seguida empecé a llorar.

Me di cuenta que en este lugar,
del otro lado de la orilla,
todo va de maravillas,
es un reino ineluctable.

Pero hoy me siento culpable,
de encontrarme de este lado,
de no ser el maltratado,
de esta cruda sociedad.

Su realidad,
no es la misma que la mía,
ellos toman sopa fría,
y yo... y yo ceno como un rey.

Es la ley,
de este maldito sistema,
los medios no hablan de este tema,
y si lo hacen, lo hacen mal.

“Cada cual,
(dicen) debe de esforzarse,
para poder superarse,
y en la vida progresar”.

No sabemos lo que es despertar,
sin un plato de comida,
y pasarse la vida,
buscando una oportunidad.

En nuestra comodidad,
de los otros nos olvidamos,
y ni siquiera pensamos,
que hay quienes están peor.

Ellos viven en su dolor,
y otros quieren meritocracia,
sin pensar en la desgracia,
que le causan a los demás.

¡Sólo quieren vivir en paz!
Y nosotros no los dejamos,
porque los discriminamos,
con nuestro egoísmo.

Yo no puedo ser el mismo,
desde que comprendí,
que lo que yo comí,
hay quien no puede comerlo.

Esto no puedo saberlo,
y que todo siga igual,
si hay alguien que está muy mal,
mientras veo tv por cable.

Por esto hoy me siento culpable,
y no encuentro una explicación,
que alivie a mi corazón,
que sufre desconsolado.

Siento que nada ha cambiado,
y que nunca va a cambiar.
Me pueden criticar,
por ser muy pesimista.

Pero no hay siquiera una pista,
que me haga pensar distinto,
sólo tengo mi instinto,
que ve un panorama gris.

No seré plenamente feliz,
sabiendo que todo está mal,
y que siempre va a ser igual.
No creo que alguna vez cambie.

Zench